El proyecto nace de una observación muy simple, repetida durante años en ciudades distintas: a la salida de cada edificio importante de la república —catedral, banco, tribunal, museo, santuario, instituto— hay, a metros de la puerta, un carrito que vende algo. Y a determinada hora, esa pareja se ilumina sola, sin que nadie la haya diseñado, formando una de las imágenes más fieles de cómo realmente funciona México.
Hay una segunda razón, menos visible y más personal. El proyecto termina en Nuevo Laredo, frente a un edificio histórico que restauró el padre del autor. Después de inspeccionar la arquitectura de las instituciones —la banca, la justicia, la fe, los medios— la serie se cierra con la arquitectura del padre. Es el único momento autobiográfico declarado de la obra, y opera como punto final, no como punto de partida.
El título —De comal, estampa y piedra— enuncia los tres materiales con que está hecha la vida pública mexicana: el comal, disco de barro o de fierro donde se cuece la comida callejera (taqueros, esquiteros, tamaleras, marisqueros, atoles); la estampa, papel impreso que se vende suelto por pieza en la banqueta, en su doble universo —el devocional (veladoras, estampas religiosas, novenarios, San Judas, Guadalupe) y el popular impreso (cachito de lotería, periódico, postal, calendario)— al que se suma el resto del comercio popular no comestible: flores, chácharas, oficios; y la piedra, materia con la que se construye y dura la ciudad —desde la cantera virreinal hasta el block de la barda autoconstruida. Tres economías que comparten la misma hora y la misma cuadra.